May 6, 2012
1: Pan y circo en la ciudad de las luces

Los reflectores son los únicos que ya hicieron el calentamiento. Desde hace algunas horas los prendieron, fijando su luz en el cuadrilátero. Los asientos están limpios para recibir a la audiencia. No falta mucho para que esto se convierta en una auténtica caldera y la mecha ya está consumiéndose.

Las luces son las que observan. Se encuentran en toda la ciudad destellando. Titilan ante el ajetreo de las máquinas traga-monedas y el júbilo de alguien en la mesa de póker. Aunque hoy, en cambio, el dinero decide jugársela en una típica aunque no recurrente actividad de Las Vegas.

Pues es en el casino MGM Grand donde la pantalla indica que es noche de pelea y hay dos personas dispuestas a hacerlo. Es la luminiscencia la que da la bienvenida mientras la elegancia del recinto parece digna de un concierto de ópera. Pero no hay cantantes aquí. El público comienza a tomar sus asientos a la espera de los artistas principales y esperan que la gala esté a la altura de la prestigiosa arena. Esa arena que emula a un coliseo romano donde la sangre aparece ante los zarpazos de los gladiadores. A medida que alguna gota roja salte del rostro de un contricante, un grito de júbilo avasallará el lugar. Es noche de pelea, y el pueblo quiere circo.

Como todo buen banquete, la sopa previa es servida por los promotores para dar ese pan que sacie momentáneamente. Esa que asienta los apetitos y prepara para el gran festín. Mientras que en el cuadrilátero, un mexicano de apenas dos décadas se enfrenta a un estadounidense de cuatro, al MGM arriba los ingredientes del plato principal. Floyd “Money” Mayweather a enfrentado 42 rivales de forma profesional y les ha ganado a todos. A 26 de ellos por la vía del “te quedas tendido en la lona”. Llega a la Arena de Las Vegas acompañado de dos pequeños vestidos elegantemente mientras su padre camina. En sus ojos se reza confianza. Sonríe mostrando parcialmente sus dientes, haciendo uso de su blanca dentadura que contrasta con el negro de su piel. 

Miguel Cotto, en cambio, relaja su puño para que sean los dedos de su esposa -entrelanzándose- los que cobijen esa mano que está pronta de ir a la guerra. Pues será su derecha -dura como madero- la que intente estropear la intacta sonrisa de Floyd y enjuagarla con su propia sangre. Pero el puertoriqueño parece más serio. Es su mujer la que sonríe y quien trata de ser la estafeta de la confianza. Confianza de hacer que a ese dígito que acompaña el 42, se le sume un uno que signifique derrota, dando así una tacha en la intacta carrera de “Money”. 

Ya la gente se impacienta. Las peleas previas tuvieron buen sabor pero la gran paga por asistir a este festín quiere un platillo que esté repleto de golpes.

Son Floyd Mayweather y Miguel Cotto quienes hagan uso del cuadrilátero, y le recuerden a la raza cuál es una de sus mayores representaciones desde el inicio de su historia. Esas en las que las diferencias se resuelven a puño limpio y gana quien tenga mayor fuerza, velocidad y técnica, y meses se han destinado para pulirla. O tal vez siglos, en las repetitivas trifulcas en las que los animales-humanos imponían su ley. Aunque aquí no hay ejércitos ni armas mas que dos extremidades, cubiertas por dos rústicos guantes, que deben hacerlas de escudo y espada. Protegerse de los embistes del otro y, rápidamente, embestir de vuelta. El cuerpo, tonificado para hacerlas de muralla de los órganos, se desplazará al ritmo que los pies dispongan. Porque son las piernas las que deben bailar de tal forma en que el rival se desconcierte y será el mejor preparado el que imponga el son. 

La gente está intranquila, pero la pantalla del MGM Grand Arena sosiega. Una ponente voz de un canoso y bien arreglado hombre indica que hay un título en disputa, y dos gladiadores que lo quieren. Se proyecta a Mayweather que demuestra por qué el “money” y llega de un “fifty cent” y un chico por quien las chicas tiemblan. Llega al cuadrilátero con sus cinturones de campeón, levantando los puños e irradiando confianza. Es él quien recibe a su rival, y le dice “ven” con esa sonrisa que tanto le gusta. Y nos gusta.

Cotto no mueve más que sus pies al caminar. Residente interpreta Latinoamérica pero Miguel no quiere cantar. Así como fue en la ceremonia del pesaje el día anterior en la que Floyd masticaba chicle a dos centímetros del boricua, quien observaba y yacía quedo ante el invencible. Sabía que ese que le sonreía en el ring, no quería darle esa tacha a su récord. Aparece en el cuadrilátero y respira. Parece un león enjaulado que quiere devorar desmesuradamente a esa carnada.

El público aplaude. Las luces destellan. Los ánimos efervecen.

“Let’s get ready to rumble!” -grita el canoso y los presentes responden con otro grito que busca repeler toda esa tensión. El referee recuerda las normas y los luchadores, ya sin sus batas ni gorras ni sonrisas, chocan los puños. Gesticulan las manos para cumplir con ese protocolo. Saben que el momento ha llegado y es momento de hacer espectáculo.

La campana suena y dice que ya puede fluir la sangre.

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